Empezamos por allí quizá para evitar el tumulto, pero también porque era uno de los relatos menores que componían el documental que habíamos visto pocos días antes. El pabellón dedicado a Asia: una pequeña construcción reciente, contenida en el interior de un patio de un gran edificio del XIX (sufrientes arquitectos andaluces, rehabilitadores en la cívica Holanda). Eran, sobre todo, los dos guardianes del templo quienes tiraban de mí. Pero los olvidé antes de llegar.

Bajábamos la escalera y él ya nos estaba mirando. Nos esperaba con esa tranquilidad atenta. Atento a cada uno de nuestros pasos; tanto, que nosotros -sorprendidos y observados- ya no podíamos dejar de mirarlo (antes, caer escalera abajo). Encaramado en la peana, tan erguido y tan relajado. Las piernas recogidas, ocultas por sus ropajes que dejaba caer por delante del prisma blanco; y por sus manos superpuestas, sin peso. Colgaba su túnica formando una nube y en esa levedad se enderezaba; giraba sus hombros, alzaba la cabeza; atento, siempre atento a la escalera.

Le observo, leo la ficha, penduleo; pronto deshago el recorrido. Asciendo de nuevo la escalera y me giro: recuperar el flechazo, la mirada, la conexión visual que desde el instante se mantiene en el tiempo, en el descenso. En una atracción que entiendo mutua. (Nos miraba antes de que llegáramos, nos mirará cuando nos estemos yendo.) Nos mira e interroga. No increpa, no juzga; se complace, creo que es eso lo que dice entre la mejilla y la boca.

Tan atento. Doy las gracias a quien lo puso allí para observarnos.

Es un lohan, un seguidor de Buda; según explica la ficha, son tan espiritualmente perfectos que alcanzan poderes sobrenaturales, tales como cambiar de tamaño o poder ver y oír cualquier cosa. Viven en las montañas, como eremitas. Este se llama Ajita. Su concentración es completa cuando escucha la lectura de un sutra.

Me empeño en fotografiarle desde la escalera; quiero recuperar el encuentro. Creo que está allí para eso: para generar esa conexión entre observadores, entre espacios (dentro y fuera), entre niveles (abajo y arriba), entre tiempos, culturas. Me empeño en representar nuestras miradas frente a frente. Me empeño y me equivoco. Descubriré mi error de vuelta en casa, cuando lo busque en la página del Rijks, cuando lo encuentre sentado frente a mí en la pantalla. Observo entonces, frente a su cuerpo, cómo gira su cabeza, cómo eleva ligeramente la barbilla, cómo me muestra su oreja. Cómo es que sin perder el cuerpo, sin forzarlo, es la atención lo que le incita a volverse. Frente a la pantalla, sentado ante mí, veo cómo me abandona; es ahí donde comienza el observador. Entiendo que es más en el abandono que en el encuentro donde se revela el gesto. Es así como se representa su atención; como se valora y potencia. Desplaza la mirada, la escucha; desvía su atención hacia otro lado. Fuera de mí, fuera de campo (qué fácil era y no me di cuenta).

A lohan
anonymous, China, c. 1200 - c. 1400
wood, traces of polychrome decoration and lacquer, glass, 
h 109cm × w 59.5cm × d 44.5cm

Rijks Museum, Amsterdam

y 4

Sería una distracción girar la cabeza: hacia la derecha o hacia la izquierda; sería un despiste. Su atención la garantiza el eje, vertical.
La garantía de su concentración reside en mantenerlo. Perder el eje: girarse, desplazarse aún sin perder asiento, supondría una pérdida de atención.

El eje es la obediencia, la simetría del burócrata especializado. Atento al dictado. Cuando la voz comience inclinará la cabeza, bajará la vista, con eficacia. Receptor pleno: él mismo será como una tablilla de cera. Recogerá la impronta que transmitirá fielmente en el código previamente consensuado. Medidas también las distancias de la mirada: una corta en el soporte de su trazo, otra media en la escucha. Nada fuera de eso.

Si girara la cabeza, si la elevara, abandonaría la eternidad; se temporalizaría. Abandonada la simetría entraría en la temporalidad distraída, perdida la atención hacia otro momento, otro lugar.
Si girara la cabeza, si rompiera el eje, llegaría el suceso, el acontecimiento de una imperdonable distracción. Un accidente.

 

Escriba sentado  
Imperio Antiguo. IV-V Dinastías 
54 cm de altura, piedra caliza policromada (cristal de roca, magnesio y cobre).
Hallada en las excavaciones cercanas al Serapeum de Saqqara (Egipto).

Museo del Louvre